FESTINA LENTE

FESTINA LENTE / 2012

Un motor que flota es una llamada a la teoría del signo.
Quien se pregunta por qué hace ciertas cosas y no otras, se está interrogando acerca del pasado, del suyo y del colectivo.

Lluvia, vapor y velocidad: En el cuadro de Turner, la máquina es apenas una mancha; lo mismo que el humo, usado como parte del paisaje. A pesar de la novedad y tal vez para apartarla del protagonismo, Turner solo insinúa el tren. La máquina tardará en aparecer como elemento estético. Pisarro y Caillebote  la acercan al espectador y Monet la sitúa finalmente junto a los andenes de la estación. El medio de transporte no fue hasta ese momento un objeto “retratable”. Era un elemento estético que, como cualquier otro, se utiliza más en beneficio de la composición que como signo.

A pesar de la enorme carga de exactitud de la máquina, que  la convierte casi en un opuesto a la idea de la pintura impresionista, los artistas del momento consiguen incorporarla a sus cuadros; aunque será la fotografía y la publicidad los medios que la retratarán de manera más adecuada a sus significados. Cuando aparecen los coches a motor, la pintura no parece darse por enterada. Parece un asunto menor en comparación con barcos y trenes y su connotación individualista concuerda mal con la estética predominante en el momento de su nacimiento. La fotografía artística de la primera mitad del siglo XX los soporta y los convierte en un elemento casi residual. Tal vez sea Lartigue uno de los pocos artistas que se refieren al coche como a una montura que produce belleza a través de la velocidad. La suya es una velocidad nueva y sin embargo sus fotografías son aún deudoras de ideales anteriores, como  el caballo desbocado de Coubert. Habrá que esperar a  Stephen Shore para hacer del coche un signo social, un elemento indispensable en la relación entre realidad y representación.

Lartigue había encontrado en la velocidad una forma de elegancia. Al contrario, Mudbrige la trata desde la técnica. Estático este último, estético el primero, ambas formas de abordar el movimiento nos resultan hoy interesantes por ser opuestas y complementarias. En los motores de Pagola se funden las maneras de ver y de interpretar. No son máquinas sencillas. Su potencia es mucho mayor que la de los coches a los que estamos acostumbrados. No son fácilmente manejables y su mecánica es compleja y precisa. Pagola traslada esos atributos a su forma de trabajo: los centenares de recortes en vinilo que utiliza para cada imagen no se corresponden exactamente con la mecánica del motor. La imagen es del todo comprensible precisamente porque los elementos que la forman hacen referencia a su percepción por el espectador y no al funcionamiento del objeto. El mismo resultado podría conseguirse de manera menos ardua, pero el trabajo es aquí importante: en el esfuerzo hay una referencia directa a la complejidad de manera que objeto y representación adquieren un parecido de familia en cuanto a la dificultad de su construcción.

Habíamos visto pasar los coches de Lartigue delante de nosotros dejando tras de sí la estela de lo moderno y todavía esa imagen difusa de la máquina inaugurada por Turner. En el penacho de vapor o la nube de polvo que ambos dejan se va fraguando la idea de exactitud y rapidez: conforme el siglo avanza, los medios de transporte se pintan o se fotografían de forma precisa, ya no son parte contingente del paisaje ni se camuflan con la pincelada del impresionismo. Es cierto que los futuristas italianos ensalzan la estética de la velocidad. La famosa proposición de Marinetti no deja lugar a dudas: “Afirmamos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un coche de carreras con su capó adornado con grandes tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo… un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla es más bello que la Victoria de Samotracia”. Pero el futurismo solo consigue representar la velocidad y el automóvil a través de “trucos” cinéticos prestados del cubismo y que ocultan la verdadera esencia de la máquina o de la velocidad. Lo mismo sucede con sus propuestas en las que la belleza queda subordinada y sepultada bajo las angustiosas capas del deseo de la violencia.

Tendrán que pasar muchos años para que un compatriota de Marinetti ofrezca al mundo una visión menos servil de la velocidad en relación con la estética. En sus Seis propuestas para el nuevo milenio, Italo Calvino no olvida la rapidez. La velocidad es para Calvino uno de los pocos placeres nuevos. Es un placer no solamente físico, sino estilístico y estructural: las formas narrativas han cambiado y la velocidad se hace ahora cada vez más vigente: en el objeto y en la forma de representarlo. Un buen ejemplo es la novela de Paul Auster La música del azar en la que el coche, un Saab 9000, se convierte en un elemento indispensable para que el relato avance de manera ágil y precisa. Calvino incluye también la levedad en sus propuestas. La levedad es para él una operación de eliminación de peso. Que “el mundo se apoya en entidades sutilísimas” es una verdad que casi acabamos de comprender. En estas máquinas de Pablo Pagola encontramos el rastro de ese conocimiento recién adquirido.

Sin producir sombras, ligero y sobre un fondo neutro el potente motor de un coche flota frente a nosotros, liviano, desprovisto de su peso terrenal y convertido en el signo de la velocidad y el desplazamiento. El motor, liberado del automóvil, como el sustantivo de la frase, aparece poderoso y  limpio, y su asepsia no le quita un ápice de capacidad.

Panonfsky tomó el radiador de Rolls Royce como ejemplo de la repetición de los motivos en el arte a lo largo del tiempo: una máquina moderna se engalana con un frontispicio neoclásico. Lo mismo sucede con otros elementos del automóvil, de su carrocería. En el caso del motor, algo que queda oculto al profano, su elegancia radica en su utilidad y en la forma que adquiere para obtener el mejor rendimiento. Desprovisto de añadidos innecesarios, las máquinas construidas con exactitud flotan en las imágenes de Pagola como signos objetivos de la belleza, de la velocidad y la precisión; más que una posibilidad son una certeza que nos invita a los placeres estéticos de nuestro tiempo: levedad y rapidez.

Textos / Miguel Leache.

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